Poesía Avanzado

Tema 8

El tiempo en el poema

La verticalidad

Escrito por: Luis Luna

La primera tarea del poeta es desanclar en nosotros una materia que quiere soñar.

Gastón Bachelard

Introducción

Una de las cuestiones acaso más peliagudas y radicalmente más interesantes al hablar de poema es el tratamiento del tiempo. El tiempo en el poema es efectivamente una cuestión mayor, en tanto en cuanto, el tiempo es un índice de narratividad muy acusado. Cuando decimos que pasa el tiempo ya estamos en un tiempo montado narrativamente sobre un plano horizontal en el que el pasado, el presente y el futuro se suceden sin solución de continuidad.

De ese modo, vamos montando el tiempo no solo en la ficción, sino en lo que llamamos vida real, para hacer de nuestra memoria algo organizado y no meramente aleatorio como es la sucesión de instantes que en realidad pasan. Este concepto tiempo nos es fundamental dentro de la lógica diaria para organizarnos y para observar un transcurso lineal. Dentro de la ficción clásica, el tiempo está considerado como algo fundamental, pues es en su línea sobre la que se monta lo que va a pasar, cuándo va a pasar y qué información va a aportar al decurso narrativo.

Sin embargo, el concepto tiempo es muy particular si nos adentramos en nuestra percepción de este. Y hablamos de percepción propia, porque eso es lo que nos interesa para la lírica. En este supuesto en el que nos situamos el tiempo puede dilatarse o contraerse. Así, está comprobado, por ejemplo, que el tiempo se dilata en la infancia (pensemos en lo largas que eran las vacaciones escolares) y se contrae en la vejez (es muy recurrente por parte de las personas que han entrado en las etapas adultas encontrar que los años son cada vez más cortos). Esta percepción nos hace entrar en un universo diferente, donde el tiempo forma parte de las especiales percepciones humanas.

También es normal conversar sobre este tipo de contracciones y dilataciones cuando los sucesos humanos se consideran como especiales. Así, por ejemplo, cuando lo estamos pasando bien, el tiempo nos parece pasar de una manera acelerada mientras que en un accidente el tiempo se dilata, puesto que un segundo nos parece una eternidad. Todo ello incide en que el tiempo, sin el control exterior, es una percepción y probablemente una convención creada por consenso.

Si pensamos en las estaciones polares, donde todos los husos horarios convergen, nos encontramos en un tiempo sin tiempo, en donde cada científico se ajusta a la hora de su país, para poder seguir conversando y enviando sus descubrimientos y avances. Por supuesto, si pudiéramos comprobar el tiempo en los animales y las plantas, nuestras percepciones temporales cambiarían completamente. ¿qué es un día en el tiempo de una secuoya? Esta es la perspectiva que tenemos que adoptar si queremos entender el tiempo en el poema.

El tiempo en la narratividad clásica

Cuando hablamos del tiempo en la narrativa normalmente nos referimos a ese tiempo que nombrábamos anteriormente. El pasado, el presente y el futuro se montan sobre una línea horizontal que determina la historia. Los forzamientos de este tiempo se llaman, como seguramente se sabe, flashback y flashforward, si preferimos la denominación anglófona y analepsis o prolepsis si preferimos la denominación en español.

Estos quebrantamientos de la linealidad son bastante frecuentes y comunes y sirven dentro de la narrativa para introducir información. Además, existe una convención formal que afecta a la escritura narrativa. Si pensamos en su linealidad, lo que está escrito más a la izquierda es el pasado, mientras que la derecha es el futuro del libro. Lógicamente en otros tipos de escritura como la árabe o la chino esta percepción espacio temporal cambiará.

Estamos por tanto ante una convención formal que sirve para determinar el tiempo externo e interno de la narración, cuyos referentes son distintos. El tiempo externo remite a la época de ambientación de la novela, mientras que el tiempo interno se refiere al tiempo que efectivamente transcurre en la narración, desde unos instantes hasta unas décadas o centurias. Todo ello es posible. Para montar los hechos se recurre a la idealidad de la memoria.

Si observamos cómo funciona nuestra memoria, lo que solemos hacer es dar carta de linealidad a sucesos dispersos. A lo largo del día nos suceden millones de cosas, millones de instantes que pueden no tener relación entre sí. Nuestra memoria inmediatamente identifica esos momentos y les otorga una hilazón y una linealidad dentro de la lógica causa-efecto. Los narradores «realistas» del siglo XIX observaron este hecho y su teoría sobre el realismo fue cambiando.

Así sus intentos iniciales fueron en la dirección de «poner un espejo al lado del camino» para ir evolucionando hacia la teoría de que la narrativa, como sistema, pone orden en el caos que es el devenir. Tenemos por tanto experiencias que nos insisten en esa convención temporal. Todo ello se hace más difícil cuando comienza la novela de personaje.

En Crimen y castigo, por ejemplo, el tiempo del personaje se dilata por los remordimientos y la culpa. En la novela contemporánea (y nos referimos a la novela estrictamente contemporánea y no a la novela con las técnicas del siglo XIX disfrazada de modernidad por el tema) el tiempo también es distinto, vivenciándose por cada personaje de manera particular. Veamos, por ejemplo, este fragmento:

Me desperté y vi la luz del amanecer en las mirillas de la persiana. Salía de tan adentro de la noche que tuve como un vómito de mí mismo, el espanto de asomar a un nuevo día con su misma presentación, su indiferencia mecánica de cada vez: conciencia, sensación de luz, abrir los ojos, persiana, el alba. En ese segundo, con la omnisciencia del semisueño, medí el horror de lo que tanto maravilla y encanta a las religiones: la perfección eterna del cosmos, la revolución inacabable del globo sobre su eje. Náusea, sensación insoportable de coacción. Estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es monstruoso. Es inhumano. Antes de volver a dormirme imaginé (vi) un universo plástico, cambiante, lleno de maravilloso azar, un cielo elástico, un sol que de pronto falta o se queda fijo o cambia de forma.

Rayuela
Julio Cortázar

Como vemos, el tiempo del personaje se dilata, se hace, por decirlo de algún modo, instante. El tiempo ya no transcurre: es. De ese modo, todo lo que se ve remite a ese instante eterno, un instante que lo es todo y que lo llena todo, que es al mismo tiempo forma y contenido de la forma. Si leyéramos El Aleph de Borges estaríamos en el mismo caso. El tiempo es pues, solo una convención más en cuanto nos salimos del montaje habitual efectuado para la cotidianidad.

El tiempo en el poema

Dentro de esa idea, el tiempo en el poema no es el mismo que en la cotidianidad. El poema no busca que nada transcurra, sino que sea, eternamente, en cada lector que lee el poema. De ese modo, los textos que juegan con lo anecdotario tienen normalmente el hándicap de quedarse en la superficialidad y expresar algo que podría haber sido contado en buena narrativa.

Fuera de ellos y entrando en la lírica, el poema se mueve en un tiempo, como bien dice Bachelard, vertical. El instante se ahonda o se extiende hacia la eternidad del lector, pero no transcurre. Como buen intento de decir lo que no se puede decir de otro modo, el poema entra en otra lógica y por tanto se rige en otros universos temporales. De ese modo, lo más sencillo es detenerlo allí, en ese instante de contemplación donde la linealidad narrativa no tiene cabida o es solo una posibilidad más y probablemente la menos interesante. Veamos esta dilatación del instante en un poema:

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones de bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

«La cogida y la muerte»
Federico García Lorca

Aquí tenemos un tiempo externo bien definido: son las cinco de la tarde. Esta frase se repite como una letanía a lo largo de todo el poema. Pero el tiempo interno del poema es un instante eterno que parece no finalizar nunca. Todo el instante se expande por las metáforas para hacerse carne, para que el lector pueda sentir esa sensación de lo terrible, del destino trágico en el sentido griego del término. La catarsis se produce en el instante tratado por el poeta. No hay decurso temporal, sino un ahondamiento en el momento, que se fosiliza para que no se pierda en la memoria.

Es un momento memorable y por tanto es el momento del poema. Nos hace entrar en el mundo otro, donde todo lo que sucede se relaciona y está unido por la metáfora. Todo está orientado hacia la muerte del torero, puesto que el destino trágico del héroe está fijado de antemano. Este tratamiento temporal nos hace profundizar en el concepto poético de Lorca, es un rasgo más de su estilo y por tanto no resulta solo un accesorio más o menos necesario para que transcurran una serie de hechos.

Este tiempo interior del poeta, esta manera específica de ver el tiempo, asociado a la metáfora es lo que realmente llamamos tiempo vertical. El poeta diseña el tiempo del texto, le da forma y carta de identidad. Estamos construyendo un mundo otro, por lo que el tratamiento temporal tiene que cambiar, tiene que modificarse en función de la sensación buscada, sin que por ello transcurra de otro modo que no sea verticalmente.

Este cambio fundamental es el que debemos asimilar a la hora de la construcción lírica de un poema. El presente atemporal es como vemos el más usado, por su sencillez, para la construcción de textos poéticos. No obstante, también podemos observar otros, tal vez más complicados de diseñar, en el que el pasado toma forma de futuro y el futuro toma forma de pasado. Este tipo de investigaciones son complejas. Su tratamiento se da sobre todo en la vanguardia, donde los distintos poetas ensayan las novedades, diseñando tiempos específicos para sus creaciones. El poeta César Vallejo es un especialista en este tipo de recursos:

Ahora vestiríame
de músico por verle,
chocaría con su alma, sobándole el destino con mi mano,
le dejaría tranquilo, ya que es un alma a pausas,
en fin, le dejaría
posiblemente muerto sobre su cuerpo muerto.

Podría hoy dilatarse en este frío,
podría toser; le vi bostezar, duplicándose en mi oído
su aciago movimiento muscular.
Tal me refiero a un hombre, a su placa positiva
y, ¿por qué no? a su boldo ejecutante,
aquel horrible filamento lujoso;
a su bastón con puño de plata con perrito,
y a los niños
que él dijo eran sus fúnebres cuñados.

Por eso vestiríame hoy de músico,
chocaría con su alma que quedóse mirando a mi materia…

¡Mas ya nunca veréle afeitándose al pie de su mañana;
ya nunca, ya jamás, ya para qué!

¡Hay que ver! ¡qué cosa cosa!
¡qué jamás de jamases su jamás!

«Piensan los viejos asnos»
César Vallejo

Qué tiempo sin tiempo encontramos en este poema. Lo cierto es que sorprende por su habilidad el manejo lírico del tiempo. Indiscutiblemente, Vallejo es un maestro en este tipo de procedimientos. El tiempo, parece decirnos Vallejo, es un montaje humano y por tanto, como poeta, puedo manejarlo y montarlo a mi antojo. Las paradojas, desde un punto de vista de tiempo habitual, son constantes y sin embargo el poema avanza a un ritmo vertiginoso, indagando en el instante y empleando los tiempos verbales de una manera completamente alterada, hasta negar la concepción tiempo en el verso final.

El recuerdo así se hace cubista, se mira desde todos los ángulos para hacer posible su permanencia. Vallejo no da forma solo al presente, sino que convierte presente, pasado y futuro en una misma entidad amalgamada. Como si el tiempo fuese una sustancia, una argamasa en la construcción del edificio poético, Vallejo nos rodea de ese tiempo sin tiempo en el poema, dejándonos suspendidos en esa niebla donde todo es posible.

El lector inmediatamente cae presa de esta argucia temporal, de esta creación y se instala en ese instante donde todo confluye y se disuelve. Las distintas impresiones del poema se hacen así Picassianas: para mirar, para contemplar realmente Las señoritas de Avignon, al contemplador no le queda más que cambiar de paradigma. El poema de Vallejo es un arte, como la pintura, de entidad estática, donde es el lector el que tiene que conjugar su tiempo lineal y lógico de todos los días con el instante específico de la obra de arte.

Propuesta de escritura

Habitando el presente

Escribe un poema de no más de veinte versos en donde emplees solo el tiempo verbal presente y explica razonadamente si has tenido problemas al construirlo y cuáles han sido estos.

Extensión recomendada: máximo veinte versos.

Bibliografía

  • Bachelard, Gastón: La poética del espacio. Fondo de cultura económica, 2020.
  • Vallejo, César: Obra poética completa. Alianza editorial, 2006.
  • Paraíso, Isabel: Teoría del ritmo en la prosa. Planeta, 1976.
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